Sexualidad y diversidad cultural: una mirada desde el Śivaísmo (I)

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Iniciamos con esta colaboración una serie dedicada a estudiar desde una perspectiva antropológica y sivaíta la relación entre cultura y sexualidad que nos va a llevar a conocer algunas prácticas sexuales de diferentes grupos humanos a lo largo de la historia. También abordaremos la importancia que ha tenido la potenciación de la energía sexual en el desarrollo cultural de muchos pueblos y en el desarrollo individual de sus integrantes. En contraposición veremos que cuando lo que ha primado ha sido la represión y la configuración de marcos de relacionamiento sexual bloqueadores y no expansivos, se han generado sociedades enfermas afianzadas en lo superficial, facilitándose así el control de sus integrantes por parte de los poderes dominantes.

Vayan por delante algunas premisas antropológicas. Somos animales culturales. Por lo tanto, es nuestra vida cultural la que nos hace diferir enormemente de la vida del resto de las especies. A pesar de que todas las religiones monoteístas y muchos sistemas filosóficos de diferente orientación han intentado “naturalizar” nuestra condición, condenando todo aquello que era “antinatural”, lo cierto es que el ser humano no tiene naturaleza o mejor aún su naturaleza es la cultura. Una cultura que vamos aprendiendo e interiorizando desde que somos niños a través de los procesos de socialización y endoculturación, en relación con los otros. Existen buenos ejemplos en la historia, muchos de ellos bien registrados y estudiados, que ponen de manifiesto que nuestra humanidad viene determinada por el contacto con otros seres humanos y que sin este contacto inicial y la inmersión en un marco de referencia cultural el comportamiento se asemeja al de los animales. Es el caso de los “niños salvajes” que se perdieron o fueron abandonados, criados por otros mamíferos, sobrevivieron y fueron posteriormente encontrados.

De esta manera, como han podido demostrar diferentes escuelas antropológicas, los estudios lingüísticos o la psicología social todo lo que define en gran medida a la especie humana y nos diferencia del resto de las especies (cuyo comportamiento está determinado genéticamente) es posible gracias la cultura: la autoconciencia reflexiva, la creencias y las experiencias religiosas, la ética, el arte, el saber colectivizado, los conocimientos tradicionales, el Derecho, los sistemas políticos y por supuesto la sexualidad multidimensionalizada (que va mucho más allá del instinto biológico de la procreación ) y que está asociada a las diferentes modalidades de erotismo y crecimiento sexual, presentes a lo largo de la historia en diferentes culturas, sociedades y civilizaciones que en muchas ocasiones han sido perseguidas por los poderes dominantes.

Que afirmemos que somos animales culturales no significa por supuesto como vamos a analizar que estemos “condenados” a participar de un determinado grupo cultural y sus tradiciones (incluidas las sexuales), como ponen de manifiestos tantos casos de personas que deciden apartarse de la sociedad, caminar en soledad y sin dejar huella, consciente y voluntariamente.

La cultura no constituye un entramado de realización de carácter metafísico o un concepto superestructural de contenido espiritualista como algunas escuelas del romanticismo nacional alemán del siglo XIX (de las que luego decidieron apropiarse doctrinalmente los nazis) quisieron hacernos creer, como si la cultura estuvieses asociada al supuesto espíritu (volksgeist) de un pueblo. Muy al contrario, la cultura está relacionada con una serie de prácticas concretas (incluidas las sexuales) condicionadas social e históricamente que han permitido que el ser humano se desarrolle. Por ello afirmamos que la sexualidad humana, (reconociendo por supuesto la base biológica) es fruto de representaciones y formas históricas y culturales.

Lo cierto es que no existe una única cultura sino una diversidad de culturas. Esta diversidad incorpora por lo tanto a miles de maneras de sentir y de estar en el mundo (es lo que conocemos como cosmovisiones) que tienen que ver con las miles de culturas repartidas por el planeta. Y cada una de ellas nos remiten a unos códigos y unos patrones de comportamiento que van a influir en el desarrollo de la personalidad y que también se proyectan en la sexualidad de sus integrantes, condicionando así su relación con sus cuerpos y la relación íntima entre ellos. Existe pues una estrecha interacción y relación entre el comportamiento sexual y la cultura. En esta primera colaboración conviene partir de algunas premisas:

1. La sexualidad cambia a lo largo de los tiempos a medida que las culturas también se van transformando. Pensemos en la época victoriana y comparémosla con la revolución sexual de los 60. Esto también sirve para el desarrollo de la vida sexual individual o de pareja. Es decir, la relación que tienen las personas con su sexualidad puede cambiar si conscientemente y desde un ejercicio de voluntad se interiorizan patrones culturales diferenciados. Los modelos dominantes de represión, superficialidad, sexualidad debilitada en relaciones de codependiencia y sentidos no conscientes, no están dados de una vez y para siempre. Pueden ser transformados como vamos a intentar demostrar en este y futuros textos.

2. Los poderes no son ajenos al control cultural. Por eso a lo largo de la historia los poderes dominantes han utilizado la religión y la escuela (más recientemente la cultura de masas) para generar procesos de socialización basados en el aprendizaje e integración de patrones de comportamiento asociados a su interés por mantener el statu quo. En ello generalmente han visto la sexualidad liberadora como un peligro (durante gran parte de la historia la Iglesia católica ha utilizado la confesión para demonizar los placeres corporales) y en todo caso si la han consentido, la han intentado domesticar como ha ocurrido con el new age y las propuestas inicialmente contraculturales del movimiento hippie. Pero lo cierto es que, dentro de las culturas mayoritarias y dominantes, surgen disidencias culturales y subculturas cuyos integrantes no se identifican con los patrones y modelos de vida (incluidas las prácticas sexuales) más extendidos y generalizados, esos mismos que los poderes dominantes han intentado inculcar. Es decir que no quieren seguir “el único camino” marcado. En muchas sociedades a lo largo de los tiempos casi siempre los integrantes de estas disidencias culturales han sido perseguidos o discriminados y han sido tildados de herejes, sectarios, pervertidos, desviados, enfermos sociales, inmorales, desintegrados, rebeldes o revolucionarios y en general como elementos peligrosos (y en esto tenían seguramente razón) para el mantenimiento del control social y económico de las clases políticas o religiosas dominantes. Aquellos que tradicionalmente han representado la diferencia cultural y que han apostado por modelos de vida alternativos, incluyendo una sexualidad más consciente y liberadora, siempre se han encontrado con el rechazo de esa mayoría social adormecida y en gran medida frustrada y resentida, cuyos integrantes (pensemos en nuestro tiempo) mueren en vida formando parte del engranaje del sistema: trabajo alienante-producción-consumo. Por eso los sivaítas somos todavía en nuestro tiempo censurados o incomprendidos. Y es que evidentemente una de las formas de disidencia cultural y sexual que ha perdurado en el tiempo, pese a diferentes formas de opresión y persecución que sufrieron históricamente sus seguidores en la India, ha sido precisamente el sivaísmo que hunde sus raíces en los primeros Tantras que aparecieron en la actual Cachemira hace miles de años.

No existe una única cultura sino una diversidad de culturas.

3. La disidencia sexual también se puede vivir en secreto, en pareja o de manera individual. Con seguridad todos los seres humanos, en su fuero interno (en mayor o menor medida) son disidentes sexuales. Muchas parejas “convencionales”, también lo son. Eso tiene que ver con las fantasías y los deseos más ocultos en muchas ocasiones asociados a las represiones, los traumas, las experiencias en la infancia -dolorosas o placenteras- a nuestros referentes literarios o cinematográficos y por supuesto a nuestra variabilidad individual, nuestra impronta personal y a esa fascinante mezcla que es resultado de nuestras pulsiones, impulsos y libertad de pensamientos. Eso puede dar lugar a interesantes expresiones conductuales de la sexualidad en la intimidad que nos ayudan al autoreconocimiento, a comprendernos mejor, a identificar las reacciones de nuestro cuerpo y a aceptarnos en nuestra integralidad.

4. Occidente ha intentado acabar con la diversidad cultural y sexual de la humanidad imponiendo durante gran parte de la historia su concepción mojigata, represora y antilibidinal, identificando la libertad sexual, el goce y el placer como algo sucio y pecaminoso. Durante una primera etapa de dominación colonial cuando a partir del siglo XVI se ocuparon los territorios americanos muchas prácticas culturales y sexuales de los pueblos indígenas fueron perseguidas por ser anticristianas. Todo ello coincidió con un proceso de evangelización forzado y de persecución de las prácticas sexuales originarias. En una segunda etapa, ya durante el siglo XIX, a partir de los esquemas evolucionistas unilineales, las prácticas culturales y sexuales, en este caso de los pueblos africanos, oceánicos u asiáticos, fueron catalogadas como salvajes o bárbaras y los colonizadores europeos se propusieron civilizar a aquellos pueblos. Se les negó su identidad cultural y sexual diferenciada y de paso (ese era el objetivo principal) los occidentales se apropiaron de sus riquezas y dominaron sus territorios. Paulatinamente a través de los sistemas educativos implementados por los poderes coloniales muchos pueblos se vieron inducidos a renunciar a sus prácticas sexuales originarias y asumieron, en pleno contexto de puritanismo victoriano, una visión de la sexualidad empobrecida, represiva y deformada.

5. Las prácticas culturales y sexuales de muchos pueblos que nosotros vamos a analizar no tienen una explicación “lógica” o “racional”, no están enfocadas en una finalidad concreta. Es cierto que como algunos antropólogos materialistas o funcionalistas han defendido algunas de ellas juegan una determinada función social o tienen una explicación material (por ejemplo, el “robo” de mujeres en algunas comunidades africanas, mesoamericanas o andinas). Pero lo cierto es que la sexualidad humana, tal y como se ha desarrollado en la diversidad de culturas a lo largo de los tiempos ha estado marcada por el azar, la imprevisibilidad, la irracionalidad y por la aparición y sostenibilidad en el tiempo de prácticas sexuales que responden simplemente a un patrón interno (dentro del grupo cultural) de aparición, aceptación y mantenimiento, sin que exista ningún tipo de explicación funcional, más allá de los prejuicios, las creencias o la simbología particular. Como ejemplo podemos mencionar el caso de la tribu sambia en Nueva Guinea en la que los chicos jóvenes a partir de la pubertad son inseminados oralmente por los guerreros más prestigiosos del grupo a los que tienen que practicar continuas felaciones y tragar su semen. Los sambia entienden que eso acaba por convertir a los jóvenes en verdaderos hombres y solo tras ese rito de paso que dura varios años, aquellos pueden tener relaciones con mujeres. Con seguridad muchas otras prácticas sexuales (hay buenos hallazgos arqueológicos al respecto) también aparecieron en un momento dado en la historia de la humanidad y luego con el paso de los siglos, bien por la imposición de creencias ajenas o por cambios culturales o evolutivos acontecidos al interior de esos grupos humanos, fueron desechadas y acabaron por desaparecer.

La libertad sexual no significa abogar por una promiscuidad generalizada o centrar el sexo en la genitalidad vacía de todo contenido espiritual.

6. La aceptación social de la sexualidad como algo positivo y placentero, que genera placer, refuerza energéticamente y que puede ayudar en el desarrollo y crecimiento personal o como algo sucio, pecaminoso, asociado a pensamientos de culpabilidad, sentimientos negativos hacia el propio cuerpo y centrado únicamente en la procreación (por poner dos modelos contrapuestos como tipos ideales de análisis) va a depender del conjunto de normas, códigos, categorías, ideologías, reglas, creencias, instituciones y valores predominantes en una determinada sociedad. La posibilidad de sustraerse en su caso de esos condicionantes sociales (pensemos en aquellos modelos que reprimen la sexualidad) va a depender evidentemente del grado de apertura de la sociedad. En nuestro recorrido por la diversidad sexual representado por diferentes pueblos del mundo vamos a encontrar sociedades como la de los habitantes de la isla de Inis Beag en Irlanda que viven el sexo con absoluta represión (practican el coito sin quitarse la ropa y lo consideran en gran medida perjudicial) pero también a la cultura de los habitantes de las islas Trobriand en Papúa Nueva Guinea que inician su vida sexual entre los 6 y los 12 años y desde entonces integran la sexualidad como un elemento muy importante en su vida manteniendo relaciones sexuales continuas hombres y mujeres sin vergüenza, pudor, autosabotajes o censura social.

7. El estudio de la diversidad sexual de la humanidad nos va a ayudar conocer como funcionan los roles de género y las diferentes maneras de “hacer el amor” como hombre o como mujer en las distintas culturas, las orientaciones sexuales mayoritarias y minoritarias, la relación entre sexualidad, fidelidad y pareja, la existencia o no de comunidades para la relación placentera en grupo, la relativización del concepto de amor romántico, el papel de las represiones, los ritos de paso asociados a la sexualidad, la simbología sexual en los cuerpos, el papel de la masturbación en las diferentes culturas, los tabués sexuales, la sexualidad y su relación con la espiritualidad y un largo etc…

Abordar el estudio de la diversidad sexual de la humanidad a través del conocimiento de diferentes prácticas en distintos pueblos y culturas, nos va aportar -desde un enfoque comparativo y contando con información real- herramientas para profundizar en la posibilidad de un cambio sexual que nos pueda llevar en solitario o en pareja a reconocer conscientemente nuestros apegos y las cadenas que nos atan a un modelo de sexualidad alienante que es la más extendida actualmente en nuestras sociedades de referencia. De esa manera (solo desde el reconocimiento de nuestra esclavitud puede ser posible nuestra liberación) podremos empezar a generar cambios en nuestras vidas para alcanzar planos de autoconocimiento mucho más profundos que pueden a su vez proyectarse en una vida sexual mucho más rica, consciente, placentera y emancipadora. Lo cual repercutirá positivamente en todos los planos de nuestra vida individual y en nuestras interacciones sociales: familiares, laborales, afectivas o de pareja.

Como decía el filósofo existencialista Jean Paul Sartre el ser humano por el hecho de serlo de alguna manera está condenado a la libertad. También a la libertad sexual. Y esa libertad, de elegir, de optar por una modalidad u otra de relacionarnos íntimamente con nosotros mismos y con los demás, puede llevarnos a vivir la sexualidad de manera sagrada. Que es lo que defendemos los sivaítas. Siempre y cuando por supuesto, con voluntad, disciplina y de manera consciente logremos superar los apegos, las trampas del ego, las codependencias, las dualidades, nuestros propios sabotajes, nuestros juicios y prejuicios moralmente condicionados y trascendamos las modalidades de relación que -en nuestras sociedades occidentales- nos propone el Sistema. Para nosotros, desde nuestra perspectiva sivaíta, la libertad sexual no significa abogar por una promiscuidad generalizada o centrar el sexo en la genitalidad vacía de todo contenido espiritual, sino reconocer que estamos abiertos a la posibilidad del cambio, a trascender los sentidos predados y al florecimiento de la energía, que nos puede conducir -si somos constantes con nuestra sadhana y la puesta en práctica de las enseñanzas- a vivir la sexualidad como algo sagrado que nos abra a otras dimensiones de vida.


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