Estilo de vida Sivaíta

La multitud venera lo utilitario como dios, mas yerra al despreciar el vacío fecundo de lo aparentemente estéril.
Zhuangzi.

El Sivaíta danza en los abismos del dharma —orden cósmico— como un tigre herido que lame sus propias heridas para transmutarlas en néctar. No busca: arde. Su existencia es un hacha que parte en dos el tronco podrido de las convenciones. ¿Acaso el río pregunta por su cauce? Él simplemente fluye entre las grietas del saṃsāra —rueda de existencias—, desnudando con sus pasos la hipocresía de quienes veneran espejismos.

Vive como el loto: raíces en el fango, corola abierta al sol de Śiva. No trabaja: sacrifica cada aliento en el altar del svadharma —deber esencial—. Su reloj marca los latidos de la Tierra, sus banquetes son migajas sazonadas con éxtasis, sus orgasmos —rituales de ambrosía— incendian velos entre carne y espíritu. La mujer que camine junto a él deberá ser ḍākinī> —devoradora de ilusiones—, no esclava de calendarios, estéticas, modas y métricas burguesas. Juntos forjarán un yugala —unión alquímica— donde Ella, como Kālī rugiente, desgarre sus propias cadenas antes de fundirse en el Abrazo que disuelve dicotomías.

"Bebemos veneno para parir antídotos", repite mientras desmiembra cada máscara social con manos de cirujano místico. Su Yoga no es gimnasia de egos: es autopsia en vida. Desgarra vendas mentales con uñas manchadas de barro y estrellas, sabiendo que sólo la cicatriz revela la carne auténtica. ¿De qué sirve pulir caretas si el rostro verdadero late bajo capas de miedo?

Aquí yace su paradoja: habita mundos pero los atraviesa como fantasma. Las monedas le queman las manos, los títulos le saben a ceniza. Mientras los hombres miden sus vidas en propiedades acumuladas, él cuenta sus días por instantes robados a la eternidad. Sus amantes —contadas como perlas en collar de asceta— no buscan maridos sino espejos donde contemplar su propia Śakti dormida. Juegan al līlā —danza divina— donde Ella, convertida en sacerdotisa del Caos, dirige el ritual de su propia desnudez esencial.

Su soledad es templo móvil. En cada mirada intercambiada, en cada roce de pieles sudorosas, en cada silencio compartido con mendigos o reyes, descifra el mismo mantra: so'ham —"Él soy Yo"—. No teme a la noche del siglo: lleva un sol negro tatuado en el esternón. Cuando los necios discuten sobre dioses, él sonríe mostrando los dientes manchados de betel y ausencia.

¿Te atreves, mujer-ola, a dejar de golpear contra acantilados ajenos para convertirte en océano? Tu útero no es tumba de proyectos fallidos sino matriz de universos. Tus lágrimas no son debilidad: son ríos que tallan cañones en el granito de los días. ¿Hasta cuándo mendigarás migajas de atención cuando posees el banquete completo tras tus costillas?

La entrega total no es sumisión: es śakti-pāta —descenso de poder—. Deja que Kālī te posea. Arranca cabelleras de mentiras con tus dientes. Danza sobre cadáveres de "deberías" hasta que la sangre corrompida fertilice tu jardín interior. Sólo cuando hayas incendiado todos los disfraces —esposa, hija, amante, profesional— quedará al descubierto la devī —diosa— que jamás nació ni morirá.

Santośa —reconocer, valorar, complacer, agradecer— no es conformismo: es guerra santa contra la insaciabilidad que te crucifica en ruedas de hamsters metafísicos. Aprende a chupar el tuétano de cada instante hasta que los huesos del tiempo crujan entre tus mandíbulas. El éxtasis no se encuentra: se exhala desde las vísceras cuando dejas de perseguir fantasmas para convertirte en el Vacío que los devora.

Última pregunta antes de que el vórtice te engulla:
¿Prefieres seguir coleccionando máscaras en trasteros polvorientos
....o entregar tu espejo al Herrero Cósmico para que lo funda en lingotes de Kaivalya —libertad absoluta—?

El Tantra no se explica: se sangra. Śiva aguarda en tu médula.
¿Tomarás el cuchillo ritual...
...o seguirás cortando rosas de plástico para adornar tu jaula?


Tantra para Devis

El Tantra se transmite practicando lo estudiado. Experimentamos desde nuestra vida no tanto para mejorar, sino para reconocer la belleza que llevamos dentro: el Ser auténtico. La sociedad crea e infla el EGO y éste es la gran mentira que nos roba la belleza, pero que, a la vez, nos ayuda a movernos en ella.

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Recuerda: si te parece caro el conocimiento, disfruta la ignorancia.

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Conoce al autor

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Swami Kurma Rajadasa es Monje Sivaíta, filósofo Sivaíta y Vedanta Advaita, investigador de la Consciencia y de la Naturaleza Humana. Telegram: @kurma1973.
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