
El ambiente no era una sala, sino el espacio residual entre dos dimensiones de papeleo cósmico. Un cubículo etéreo, iluminado por la luz fría de un monitor que no era monitor. Tras una mesa de obsidiana pulida, el Demiurgo frotaba sus sienes con dedos que habían esculpido nebulosas. No mostraba enfado divino, sino la irritación profunda, ácida y terminal del técnico especialista ante el usuario definitivamente inhábil. En sus manos, no una tableta, sino una losa de arcilla digital, sobre la cual sus dedos trazaban y borraban signos cuneiformes con rapidez exasperada. Cada cuña representaba un dato, una vida, un fracaso. La losa se conectaba, con un hilo de luz antigua, a la inmensidad silenciosa de los Registros Akásicos: la biblioteca total que almacenaba cada pensamiento, cada suspiro, cada átomo de conocimiento, o su ausencia, de cada alma que había pisado la Tierra.
—Valeria —pronunció, y el nombre sonó a diagnóstico clínico—. Acércate. No hagas esa cara de cachorro de peluche mojado. Aquí eso no funciona. Aquí solo funcionan los hechos cuneiformes. Y los tuyos… —sus ojos, que habían visto nacer y morir constelaciones, escanearon la losa— son patéticos.
Ella flotó hacia el mostrador, envuelta en una neblina personal de esencia de bubblegum y nostalgia de bandas sonoras. Esperaba tal vez una musiquita.
El Demiurgo alzó la losa como quien alza un peso muerto.
—Registro Akásico, subsección ‘Potencial desperdiciado’. Veamos. Has tenido… contando vidas previas menores… setenta y tres oportunidades en forma compleja. Setenta y tres veces para aprender, para acumular conocimiento, para afinar la herramienta de la conciencia y liberarte. ¿Y qué hizo el alma designada ‘Valeria’ en esta, la oportunidad número setenta y cuatro, con el cerebro humano más avanzado de la historia evolutiva?
Hizo una pausa dramática, tallando un signo cuneiforme particularmente afilado en la arcilla.
—Construir un limbo personal de algodón de azúcar. Una burbuja autoreferencial donde sustituiste el universo por un merchandising emocional. Hablaste mucho de ‘amor’. Lo escupías a cada frase. ‘Amo este pastel’. ‘Amo esa canción’. ‘Amo la vibra’. —Su voz imitó un tono agudo y vacío, y por primera vez, una chispa de verdadero fastidio cruzó su rostro—. No tienes ni la más remota idea de lo que significa esa palabra. En los Registros, ‘Amor’ tiene 5.643 definiciones cuneiformes, que abarcan desde la fuerza de cohesión cuántica hasta el sacrificio consciente por un otro. Tú usas la palabra 'amo' para denotar ‘agrado superficial por estímulo placentero’. Tu vocabulario akásico efectivo… —consultó la losa— no supera las quinientas raíces conceptuales. Eres una ser pensante que se comunica con el equivalente emocional e intelectual de ladrillos de plástico. ‘Guay’, ‘fofo’, ‘brutal’, ‘odio’, ‘amo’. Sonidos guturales con brillantina. No conoces el significado de las pocas palabras que usas. Solo las vomitas, como un loro entrenado con chuches.
Valeria intentó protestar: “Es que yo siento mucho…”
—¡Silencio! —el Demiurgo golpeó la losa sobre la mesa; un sonido sordo y final resonó en el no-espacio—. No ‘sientes’, experimentas reacciones bioquímicas prefabricadas por narrativas comerciales. Has rechazado sin saber por qué —y este es el punto clave, la ignorancia voluntaria como dogma— todo lo intelectual, lo racional y el verdadero sentimiento. La ciencia, que es el mapa de la realidad que habitas, te daba ‘grima’. El arte que no fuera decorativo, te parecía ‘raro’. La filosofía, ‘un rollo’. La música compleja, ‘ruido’. No es que no lo comprendieras. Es que te negaste a intentarlo. Preferiste el zumbido constante del feed, el drama prefabricado, la moraleja simple. Adorabas lo Disney no por su arte, sino por su promesa de que no hay que entender, solo sentir una emoción simple y aprobada por la mayoría.
Se levantó, y su figura pareció llenar el cubículo. La losa brillaba con los datos akásicos de Valeria, un registro patéticamente corto en la columna ‘Conocimiento Adquirido’ e infinitamente largo en ‘Consumo Pasivo’.
—Los Registros muestran que en una vida anterior fuiste un caracol. El caracol, Valeria, mostró más curiosidad táctil por el mundo que tú. Al menos exploraba su entorno con sus cuernos. Tú solo abriste la boca para que cayera papilla cultural predigerida. No aprendiste ninguna habilidad, ni manual, ni emocional. Tu inteligencia emocional es la de una ameba. No puedes leer un estado de ánimo ajeno si no viene con un emoji incorporado. No puedes sostener el silencio. No puedes tolerar la ambigüedad o incertidumbre. Eres el producto final perfecto de la distracción masiva: un alma anestesiada, convencida de que su burbuja de algodón de azúcar es el universo entero.
Respiró hondo, un sonido como el viento en galaxias lejanas. El hastío en sus ojos era tan vasto que resultaba aterrador.
—Conclusión Akásica. No hay infierno que merezca tu… insulsez. El infierno requiere una intensidad que jamás te molestaste en cultivar. Tu destino es el Limbo. Allí, un algoritmo akásico derivado de tus propios registros decidirá tu próximo vehículo biológico. Se te darán cuatro opciones.
Consultó la losa por última vez, leyendo en voz alta con tono de sentencia:
— Opción 1: Alga unicelular. Ni siquiera colonial. Perfecto para flotar y reaccionar a estímulos químicos básicos.
— Opción 2: Planta ornamental en un centro comercial. Regada con nutrientes, luz artificial, y podada antes de crecer demasiado.
— Opción 3: Animal de compañía de bajo mantenimiento, cuya mayor dicha sea que le rasquen detrás de la oreja y cuya comida llegue en un cuenco.
— Opción 4: Volver a ser humana, —mientras el Demiurgo hablaba Valeria esbozó una sonrisa, quizá la primera genuina en su vida, apareció en sus labios—. pero cargando con el archivo akásico completo de esta existencia. Lo que significa: irás al mundo con el anhelo inconsciente pero insaciable del algodón de azúcar, con la aversión visceral a todo lo complejo, con la esclavitud predispuesta a cualquier pastor que te hable en tu idioma de quinientas palabras. Serás la consumidora perfecta, la espectadora ideal, la oveja más dócil, en un mundo cada vez más diseñado para explotar eso. Será tu Limbo, pero hecho carne y realidad social. Una prisión de la que ni siquiera sabrás que quieres escapar. La perfecta unidad de consumo prescindible.
Talló el signo cuneiforme final: “I-R-R-E-D-E-N-T-A”.
—La decisión está tallada. Desciende. Tu arcilla personal ha sido inútil. Tu registro akásico es el de un eco, no de una voz. Y por mi eternidad hastiada, espero que elijas el alga. Al menos, fotosintetizarás. Algo, por pequeño que sea, contribuirás al ciclo real de la Naturaleza, muy necesario en estos días donde los humanos se afanan par destruirla, para incendiarla. El planeta Tierra necesita terraformación urgente. Así que espero elijas reencarnar en alga.
Con un gesto, el suelo bajo Valeria se convirtió en un remolino de purpurina y estática de televisión sin sintonizar. Cayó en silencio, hacia un destino escrito, con letra cuneiforme imborrable, en la biblioteca infinita de todo lo que pudo ser y nunca fue.
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